El Robot Periodista

27/06/2014
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El primer post de nuestro blog no será tópico ni típico. Fiel a nuestra idiosincrasia como agencia, lo haremos con un trufado que mezclará muchos de los ejes que nos caracterizan. Como podrás comprobar, es una miscelánea de Periodismo, Innovación, Literatura y, sobre todo, reflexión. Porque nunca podemos perder de vista que formamos parte de una sociedad a la que queremos contribuir.

Espero que te guste.

El Robot Periodista

Fue titular de sí mismo. El primer robot que llegaba a la redacción. No era el primero en la historia del periodismo. Antes, como casi siempre, fue en Estados Unidos. Las cabeceras más prestigiosas estrenaron algoritmos para crear noticias al empezar la década. Las primeras que fueron firmadas por robots periodistas fueron las del tiempo. Era fácil. Pero enseguida fueron atreviéndose con los sucesos y las económicas. Al fin y al cabo, ambas secciones compartían intrigas, envidias, apuñalamientos, venganzas y mentiras.

Tan viento en popa iban los artículos firmados por R.P. (Robot Periodista), que los jefes comerciales de los periódicos cada vez pedían a la Dirección del periódico que dejara más espacio a los nuevos redactores. Anunciantes y lectores leían mucho más y mejor esas noticias. Pese al rechazo en la profesión que pronto empezó a fraguarse sobre los recién llegados a la rabiosa actualidad.

Pero tal era la expectación social por los R.P. que políticos, representantes empresariales, sindicales y demás fuerzas vivas de la ciudad demandaron a la Dirección del periódico que sus ruedas de prensa fuera cubiertas por los robots. También a ellos les darían sus dossiers de prensa, por supuesto con los cortes de audio y vídeo más interesantes.

¿Y los P.P. (los Periodistas Personas)? Cada vez estaban más arrinconados en las redacciones. Cada vez tenían menos espacio para desarrollar sus temas. “El tema de hoy no me lo puedes mutilar: perdería su alma y tiene mucha”, reivindicaban los P.P. a sus superiores. Pero la cabeza de izquierda a derecha y de derecha izquierda evidenciaba que la frontera estaba marcada. Como mucho, una mirada por encima de las gafas, bajo las espesas cejas blancas, comunicaba la complicidad del jefe de sección con el Periodista Persona. Pero con la seguridad de que la guerra estaba perdida.

Hasta que llegó el reportaje sobre la lluvia. Empezó a llover, y mucho, como había pronosticado certeramente el RP de la Meteorología. Tanta agua cayó, que muchas cosechas se perdieron. Después fueron las pérdidas del sector turístico, porque ya nadie quería visitar una ciudad donde parecía que el sol se había perdido para siempre. Las curvas económicas cada vez fueron más inclinadas, siempre para abajo. Por supuesto, las crónicas de los RP habían advertido hace mucho que, de seguir la lluvia, la catástrofe económica seguiría siendo cada vez más abultada. Pero, por más que leían y leían los lectores las columnas, artículos y esquinas de los periódicos, por ningún lado aparecían soluciones. Los Robot Periodistas no ofrecían solución alguna al panorama cada vez más negro. O nublado, para ser más preciso con el momento que se vivía.

Hasta que apareció un titular, breve: “Una niña ha pintado soles en su paraguas”. El artículo estaba firmado por un P.P. Seguramente por eso, la noticia quedó relegada a un lugar tan secundario.

“Una niña de 9 años, harta de tantos ojos caídos y labios hacia abajo, de ventanas cerradas y luz artificial en su habitación, ha decidido luchar contra la lluvia. Esta mañana, al volver del colegio bajo su paraguas rojo, ha pintado en él un gran sol amarillo. Y ha salido a comprar el pan con su paraguas asolado. La niña, de nombre Lucía, ha causado un gran revuelo en la panadería al ver la gente un sol después de tantas semanas de aguacero. Todos se arrimaban a ella y la aplaudían. Algunos, hasta tocaron el astro rey. Ante tanta efusividad, la niña Lucía ha sacado un rotulador amarillo del bolsillo de su chubasquero y se lo ha prestado a otro niño, llamado Pedro. Pedro, Pedrito según su abuela a la que iba agarrado de la mano, rápidamente ha pintado un sol con enormes rayos en su paraguas azul. La abuela, Encarna, no ha podido por menos que hacer lo mismo con el suyo, de color negro. Y se lo ha dejado también a su amiga Fernanda, más mayor que ella y con un paraguas burdeos. En poco tiempo, los clientes de la panadería hacían cola para utilizar el rotulador amarillo de Lucía. Según información de última hora, el presidente de los vecinos de ese barrio ha informado al alcalde de que la fila para pintar de sol los paraguas ya llegaba al parque”.

Había tantas ganas de sol, que la información fue leída por muchos y, rápidamente, compartida por redes sociales. ¡El sol había vuelto a la ciudad aunque fuera sólo pintura sobre paraguas!

Tanto tirón tubo la noticia de Lucía, que el jefe de la sección de Local llamó al Periodista Persona que la firmaba. Mientras, los último teletipos firmados por P.R. adelantaban que en otras ciudades cercanas ya se estaban multiplicando los soles sobre los paraguas.

La conversación del jefe de Local con Manuela, la P.P. que escribió la gran noticia del momento, fue breve porque fue interrumpida. Una imperativa llamada de teléfono del director del periódico exigió al responsable de la sección que fuera a su despacho de forma inmediata. Cuando llegó, le hizo dos preguntas:

1. ¿Por qué esa noticia no iba firmada por un R.P.?

2. ¿Por qué esa noticia era tan breve y estaba tan escondida?

El jefe de Local, Antonio, redondeó su cara, como solía hacer cuando sabía que su respuesta no iba a gustar al Dire. “Porque ningún R.P. considera noticia que una niña pinte un sol sobre un paraguas; su programación y algoritmos desestiman hechos tan nimios. Y, respecto a la segunda pregunta, porque las otras informaciones eran mucho más noticiables: se había desbordado la presa de la comarca, había cerrado el penúltimo hotel de la ciudad ante la falta de turistas y la Bolsa había conseguido su tercer crack consecutivo. Como entenderá usted, la niña pintora de soles poco hueco podía tener…”

Mascullando se quedó el director. Sin hablar. Movió su sillón giratorio y miró por la ventana. Sólo se podía ver la cortina de agua que caía fuera.

Despidió secamente al jefe de Local. Se quedó solo de nuevo. Observando cómo la lluvia caía y caía. Se giró. Cogió el teléfono y habló con su secretaria:

“Paloma, consígame un rotulador amarillo. Y mi paraguas, ¿dónde está? ¿No se lo entregué a usted cuando llegué al periódico esta mañana?”

Y colgó.

Volvió a coger al teléfono.

“¡Antonio! Desde mañana, Manuela ocupa su puesto. Usted pasa a una nueva sección: Reconversión del departamento de P.R.”

Colgó el teléfono.

Y lo volvió a coger:

“Y, Antonio, si el jefe comercial le pregunta, que hable antes conmigo”.

* Para los que crean que estamos antes una ficción, que no dejen de leer el siguiente artículo sobre los robots periodistas

Gustavo Gómez

CEO de ACENTO COMUNICACIÓN

1 Comment. Leave new

¡¡Muy Bueno!!

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