En manos del inmigrante

08/04/2015
acentoline

Seguramente la vida sea la suma de personas que uno conoce. Pero hay veces que encuentras a gente que no suman sino que multiplican. Es el caso de Agustín Ndour. Tuve la suerte de conocer a este senegalés residente ahora mismo en Granada grabando un corto sobre el distrito Norte de la ciudad. En sus barrios se agolpan conviviendo miserias y grandezas del ser humano.
El caso es que después de aquella ocasión nos hemos visto varias veces y mi admiración hacia Agustín fue creciendo sobremanera. Tanto, que me decidí a retomar algo que hacía 15 años no ocurría: publicar un reportaje en un medio escrito.
Decidir en qué periódico sería no me resultó difícil. Ana González, la jefa de Local del Granada Hoy, era la persona más apropiada para proponerle la historia. Es una gran redactora, receptiva, empática y a la que emocionan las historias humanas, que es el sustento del mejor periodismo.
Enseguida obtuve su consentimiento. Y aquí os presento el resultado. Las magníficas fotos que ilustran el reportaje son de Pepe Villoslada, un fotero de los comprometidos con su trabajo, y más si son sobre temas como el que le encargaron.
La pata que faltaba era el Patronato de la Alhambra. Su responsable de prensa, Isabel Jiménez, facilitó sobremanera el contacto con Laura Esparragosa, jefa del Servicio de Difusión del monumento nazarí. Laura nos trató de maravilla, tal y como queda reflejado en el reportaje.
Así que, eso, lee el reportaje. Debajo de la fotografía añado los pdf del artículo y, más abajo aún, reproduzco el texto por si así es más fácil tu lectura. Espero que te guste.

http://xdata04.grupojoly.com/bin/d05/x07/2015/04/05/high/pdf-201

Agustín 1

Agustín 2

EN MANOS DEL INMIGRANTE
Suenan risas en el sótano del Centro de Empleo Oasis que Cáritas posee en la barriada de los Periodistas de Granada. “Quillo, ya tengo preparados los volúmenes de GRANADA HOY”. Es un espigado senegalés, de 45 años, quien pronuncia esas palabras. Mientras su mirada, tremendamente blanca, no se aparta del borde del libro que está encuadernando, sus dedos, zaínos, sujetan con precisión las tapas. Es una imagen poderosa, como la de cualquier artesano abstraído en su oficio.
Cualquiera diría que esos ojos y esas manos, tan concienzudos ahora, han contemplado gestas dignas de héroes literarios. A buen seguro, si hoy los libros de caballería mantuvieran vigencia ensalzarían las epopeyas que protagonizan los migrantes en su devenir intercontinental.
Agustín Ndour es el nombre del senegalés que conserva uno de los oficios ya casi extinguidos en Granada: el de encuadernador. Entró en el taller de reparación de libros hace 9 años.
Tira del hilo de esos recuerdos mientras en el taller de Cáritas suena música de radio fórmula.
“En 2000 llegué a Granada sin trabajo, sin papeles. Como un emigrante ilegal total”, recuerda Agustín.
Católico practicante, cuando llegó a Granada pensó que se quedaría sólo unos pocos meses mientras vendía CD por las calles, como tantos otros compatriotas hacen. Gracias a su compromiso religioso, Ndour comenzó a colaborar en la parroquia cercana a su casa y, al poco también, con la pastoral de migraciones. Pronto empezó a trabajar en Cáritas. Primero, echando una mano en el reciclaje de ropa que se dona a la ONG. Después, encargado de la tienda de ropa de segunda mano. Hasta que llegó Enrique, su maestro encuadernador.
Enrique y su mujer regresaron a Granada después de trabajar décadas en Cataluña, adonde habían emigrado. Con la llegada de su jubilación, decidieron volver a su tierra de origen, trayendo bajo el brazo una importante donación a Cáritas: su taller de imprenta.
“Maestro, ¿estás seguro que yo sabré hacer eso? No, no lo creo”, le dijo Agustín a su profesor cuando le indicaron que él sería la persona de la ONG que aprendería el oficio. “Y ahora, cuando enseño como poner tapas a los libros, les digo a los muchachos: si he aprendido yo, tooooodo el mundo puede hacerlo. Y ellos se parten de la risa”, explica el senegalés sonriendo.
El artesano del papel no trabaja solo. Cuenta con un equipo reflejo de la perfecta convivencia entre culturas. Es keniata Vicky, que colabora las mañanas en el taller encolando publicaciones. De Granada son María y Asun, que cosen los libros, y Antonio, el conductor que recoge y transporta los encargos. “Aquí, poca herramienta, poco dinero y dar al ingenio”. De esta manera resume el transportista el espíritu que reina en el sótano del edifico Oasis. Quizás le falta añadir un atributo más: el buen humor. Todo el equipo comparte bromas y chascarrillos. Por ejemplo, sobre la morcilla: unos y otros, africanos y granadinos, comparten que este embutido gusta a la mayoría, independientemente del lugar de cuna.
“Quillo, si pasas hoy por el centro acuérdate de traerme cartulina, que se me está acabando”, le pide Agustín a Antonio.
Ahora está muy concentrado. Pone al fuego una paleta y empieza a impresionar letras en láminas de oro sobre una tapa de piel de cabra. “No puede estar demasiado caliente, porque si no quema, ni demasiado frío, porque entonces no escribe”. Está utilizando los mejores materiales que pueden aplicarse en su oficio. “El oro lo utilizamos para los encargos más especiales. Las láminas son muy finas y, al contacto con el calor, deja la huella en dorado, creando la escritura”. Agustín aplica las letras y surge el milagro: “Biblioteca de la Alhambra” aparece impreso en el lomo de la tapa.
El senegalés está trabajando sobre uno de los pedidos por los que siente fervor: la encuadernación de las publicaciones solicitada por el monumento nazarí.
“Guauuuuu… Cuando trabajo con ellos siento mucha emoción porque son libros que se conservarán para los restos. Y más siendo emigrante, porque dejas tu huella aquí. Por eso los hacemos en piel, para que duren cientos de años”. Ndour clava la mirada cuando pronuncia estas palabras y su comunicación no verbal es un clamor: se siente un afortunado con el encargo de la Alhambra. Lo ratifican sus palabras: “Quedan muy pocos encuadernadores artesanos en Granada; que la Alhambra traiga a Cáritas sus libros y que el destino quiera que yo esté aquí para encuadernarlos es la leche. Muy muy providencial”.
El listado de publicaciones que el Patronato de la Alhambra y el Generalife encarga a la ONG para su encuadernación supera las 70. Algunas, con títulos tan exóticos como Arabica: Revue Déstudes Árabes,Baghdader Mitteilungen, British Journal of Middle Eastern Studies o Revue du Louvre: La Revue des Musées de France. Siria, Irán, Turquía, Francia o Inglaterra son algunos de los países que editan estas obras, verdaderos referentes mundiales de las publicaciones sobre arqueología.
“Empezamos a trabajar con Cáritas porque realizaban las encuadernaciones periódicas de la Universidad de Granada y desde 2003 les hacemos los encargos. Trabajan muy bien, con muy buenos materiales”. Habla Laura Esparragosa, jefa del Servicio de Difusión del Patronato de la Alhambra y el Generalife y apasionada licenciada en Historia del Arte.
Suenan los pájaros en el bosque que bordea el sendero que lleva a la Biblioteca de la Alhambra. Acompañados por Esparragosa llegamos al edificio que alberga tanta memoria islámica. “Sí, estamos reflexionando sobre cómo visibilizar más la importante labor que desarrolla aquí el Patronato”, apunta, entusiasta, la jefa de Difusión.
Entre filas de estanterías pobladas de libros, le recordamos a Laura el símil que utiliza el senegalés encuadernador cuando explica su única visita a la biblioteca: “Es una maravilla el lugar. Está todo ordenado, como si fuera un pueblo, pero de libros”.
Sonríe Laura. Cuando conoce que es un inmigrante la persona encargada de rehabilitar sus publicaciones se sorprende. Más aún cuando se entera de que se llama Agustín. “Me encantaría conocerle y que volviera a visitarnos”, afirma.
“Desde el punto de vista institucional, me parece estupendo que sea un senegalés quien realiza esta tarea. Queremos que la Alhambra permanezca abierta a personas de culturas diferentes. Más si difunde y ama lo que hacemos aquí. Estoy segura de que es un mensajero fantástico”.

Un ejemplo a seguir, allá donde va
Agustín no sólo tiene sus manos para los libros. También las tiene para los demás. Porque es persona de darse a manos llenas. Hace unos meses regresó de Tailandia, donde Cáritas le destinó un tiempo como enlace del cooperante que durante un año tuvo allí la ONG para ocuparse de los esclavos y sus hijos. Sí, hay que escribirlo otra vez para asumir que en el siglo XXI existe la trata de seres humanos. Seres humanos como el que escribe este reportaje y como el que lo lee. Esclavos. Principalmente, niños birmanos y bengalíes. Agustín cooperaba en su formación, además de en promover Cáritas parroquial.
Regresó a España, a su taller de Oasis, y cuando termina su jornada laboral allí echa una mano, otra mano más, en pisos de acogida para madres africanas solteras, y otra mano más con inmigrantes discapacitados o que están en hospitales. Y enseñando en la parroquia a encuadernar a personas en paro y a niños del Distrito Norte con futuro complicado. Y también otra mano (¿por qué será que las personas que se dan tienen tantas manos?) con compatriotas suyos que de la soledad y el desarraigo están perdiendo hasta su sano juicio.
“Yo el futuro lo veo negro, como yo. Jajajajaja… No en serio… La cosa esta bien difícil. Al no tener la familia con uno, la inmensa mayoría de los emigrantes deseamos retornar. Pero el retorno casi nunca es fácil. Sueles tener a tu cargo una decena de personas que viven de tu sueldo, de lo que tú les mandas. Eso hace difícil el retorno a veces sin tener allí una esperanza de trabajo. Pero, fíjate, para nosotros eso no es un sacrificio porque aportamos a la comunidad; eso te hace feliz y superas cualquier sacrificio”, añade.
“Cuando uno decide salir de su cultura y de su pueblo es por puro instinto de supervivencia. Yo suelo insistir mucho que el derecho de no tener que emigrar es el que prevalece. Pero el derecho de emigrar debe tenerlo todo el mundo. El ser humano está hecho para ser libre, no para emigrar o para no dejar de emigrar. En toda la historia de la Humanidad es lo que ha hecho el ser humano, sea asiático, africano o europeo. Siempre, por el instinto de supervivencia, sea personal o colectivo. “Hombre, yo, estoy agustico en Granada pero cuando me acuerdo de mi mujer y mis niños que están en Dakar…”

Las joyas que guarda la Biblioteca de la Alhambra
Una primera edición fechada en 1712 de Cuentos de la Alhambra escrita por Washington Irving o un Vitrubio de la arquitectura clásica, de 1536, son algunas de las joyas de la Biblioteca de la Alhambra.
“El objetivo es recopilar información que después sirva para la investigación sobre todo lo relacionado con la Alhambra”, explica Laura Esparragosa.
“Cualquiera puede consultar nuestros fondos. Atendemos muchas solicitudes de investigadores, tanto de Granada como del extranjero”, añade.

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